HUMBERTO FERNADEZ-MORAN
un gran hombre de ciencia y técnica


      Semblanza de HFM presentada por el Dr. Jaime Requena (Sillon XXVI de la Academia de Cienciuas Físicas, Matemáticas y Naturales)  durante la I Gran Gala de la Salud, elk día miercoles 12 de julio a las 8:00 de la noche, en el Gran Salón del Hotel Caracas Hilton. 
     Esta magna reunión de la Salud, fue organizada por la Fundación Médica Ceprosalud y auspiciada por la Asociación Venezolana de Ejecutivos de la Industria Farmacéutica. Durante la Reunón, se dio por primera vez la Orden "Dr. Humberto Férnandez Morán", como reconocimiento a investigadores, docentes, asistenciales, gerentes y divulgadores biomédicos del sector salud que se han destacado por sus
singulares contribuciones en nuestro país.

 
“En Venezuela, la envidia es más abundante que el petróleo”
Enrique Tejera

Humberto Fernández-Morán es un sabio a quien no se le ha reconocido, en su justa medida, su excepcional talento, su extraordinaria labor como investigador científico o sus logros como inventor fuera de serie. Se asemeja en eso a otro gran sabio nacional, Luis Daniel Beauperthuy, a quien todos —venezolanos y pobladores del resto del mundo— le tienen una inmensa deuda de gratitud. Cualquier otro mortal nacido en Europa o Norteamérica, pero con los logros en la ciencia o la técnica que han exhibido estos dos hijos de la patria, tendría garantizado un sitial de honor en las enciclopedias, libros de texto o paginas del INTERNET.

A Beauperthuy, le toco vivir la Cumana parroquial de mediados del siglo XIX. Desde allí tuvo que lidear en contra de las preconcepciones miasmáticas enraizadas en el pensamiento de la Academia de Ciencias de Paris. Fernández-Morán, por su parte, no tuvo los mismos problemas que Beauperthuy para dar a conocer sus creaciones o inventos, pero le correspondió desenvolverse en tiempo de profundos cambios políticos; uno cuando la sociedad venezolana buscaba el horizonte de la democracia. La sociedad que lo abrigaba tiene la peculiaridad de que cuando se ve agobiada por una crisis, es muy dada a recurrir a la mezquindad, alimentándose de la malsana envidia. Al liderazgo emergente del 23 de enero de 1958, le dio por creer que su nuevo paradigma podía estar amenazado sí se llegase a constatar que uno de sus elementos modernizadores, la determinación de tener una capacidad científica y técnica, provenía de alguien identificado con la dictadura.

Humberto Fernández-Morán le toco ser un actor de excepción, verdadero líder y promotor de la profesionalización de la actividad científica en Venezuela, tanto como fundador de la Cátedra de Biofísica de la Escuela de Medicina de la Universidad Central de Venezuela en 1951, como por su papel en la creación y puesta en marcha del Instituto Venezolano de Neurología e Investigaciones Cerebrales (IVNIC) en 1954. Por su gestión como Director-Fundador del IVNIC recibió las más acérrimas críticas, muchas de las cuales no tienen mayor justificación a no ser por la máxima del sabio Tejera.

Hay que recordar que en esos años, nuestro país estuvo gobernado por un dictador militar quien favoreció, muy especialmente, a ese proyecto; no tanto por una dependencia o sumisión intelectual, sino porque supo reconocer su valor y trascendencia. La actividad científica fue considerada como un mecanismo idóneo para sacar a Venezuela de su atraso y transportarla a la panacea que empezaban a disfrutar los llamados países “desarrollados”; sociedades en la que la calidad de vida de sus miembros estaba siendo mejorada exitosamente, a través de la explotación de revolucionarias innovaciones, producto del quehacer de los científicos y tecnólogos.

El agradecimiento natural a quien y desde el poder le había facilitado los medios para materializar su proyecto de vida —un gesto de lealtad— llevo a Humberto Fernández-Morán a aceptar el Ministerio de Educación, al final de los días de la tiranía. Este gesto lo perseguiría implacablemente y serviría como excusa para desfigurar cualquiera de sus logros; eventualmente lo forzaría, a mediados de 1958 a tomar la ruta del exilio voluntario.

A pesar de todos los cuestionamientos como hombre público, en el sentido de ser un funcionario de gobierno, algún día los estudiosos de nuestra historia y de nuestra ciencia, tendrán que enfrentar su caso, y analizarlo objetivamente, para poder asignarle el rol que le corresponde a Humberto Fernández-Morán en la gestación y desarrollo de nuestro Sistema Científico y Tecnológico. Algo que se constituye hoy en día como uno de los más nobles y mejores logros de nuestra sociedad. Reconocerle su papel en la gestación de la actividad científica y tecnológica en Venezuela, será lo que nos permitirá calibrar la trascendencia de su obra en favor de la modernización del país. Esta cuestión merece la misma objetividad con que la comunidad de investigadores ha empezado a revisar sus seminales contribuciones en ciencia, técnica e inventiva. Hasta que llegue ese momento, es inevitable que la mención de su nombre tenga las connotaciones emocionales que todavía y que, a pesar de todo, le dan quienes lo adversan.

La controversia alrededor de la figura de Humberto Fernández-Morán es un denominador común en todos los escritos acerca de su vida y obra. Con mis palabras deseo retomar el duro camino de dimensionar al hombre de ciencia y al servidor público. No pretendo ser el primero; me han precedido académicos quienes tuvieron la honra y el placer de su amistad, como Don Eugenio de Bellard Pietri, amigo y paladín de todos sus días y a quien dedico estas líneas. En este orden de ideas, también, hay que darle la bienvenida a la valiente iniciativa de la Fundación Médica Ceprosalud al crear la Condecoración que lleva el nombre de Humberto Fernández-Morán y la cual es impuesta por primera vez, hoy, en esta Gran Gala.

EL ESTUDIANTE

Humberto Fernández Villalobos Morán nació en el hospital Chiquinquirá de Maracaibo, Venezuela un 18 de febrero de 1924. Parte de su infancia transcurrió entre Maracaibo, Curazao y Nueva York. Cursó estudios de bachillerato en Alemania en el Instituto Schulgemeinde de Sallfeld. A los 15 años ingresó a la Universidad de Munich y en 1944, seis días antes del día D, en un sótano y bajo bombardeo aéreo, se graduó en Medicina Summa cum Laude; apenas contaba 20 años de edad. En 1945, en medio de la más atroz guerra, regresa al país por vía de Madrid, obteniendo el año siguiente equivalencia al título de Médico Cirujano de la Universidad Central de Venezuela, distinguiéndose por su especialización en Medicina Tropical.

En 1946, fascinado por la patología del sistema nervioso, entra como interno residente en el hospital de la Universidad George Washington de Washington D.C. En 1947 regresa a Europa, esta vez a Estocolmo, Suecia, en donde inicia formalmente su carrera como investigador en microscopía electrónica en el Instituto Nóbel de Física. Obtiene del Instituto de Investigaciones Celulares y Genética del Instituto Karolinska el grado de Maestría en 1951 y, el Ph. D. de la Universidad de Estocolmo el año siguiente.

EL HOMBRE DE CASA

Durante sus años de estudiante de doctorado en Suecia, Humberto Fernández-Morán, conoció, cortejó y se caso con Anna Browallius, hermana de Irya Browallius, una de las más conocidas escritoras suecas. Del matrimonio nacieron dos hijas, Brígida y Verónica, la primera matemático y la segunda bióloga. Fernández-Morán nunca olvido sus orígenes; como buen hijo de El Saladillo, honro en todo momento y circunstancia a su raíz maracucha; aun residenciado en Chicago, su tarjeta de presentación listaba como dirección postal de habitación, al Apartado 362 de Maracaibo.

SU MAS GRANDE OBRA: la creación del IVNIC

En 1954, Fernández Morán decide retornar nuevamente a Caracas, con el deseo de trabajar en medicina tropical e investigar en lo que sería su pasión de toda la vida: la estructura fina del sistema nervioso. Como instrumento o herramienta utilizaría el recién desarrollado microscopio electrónico y como modelo experimental escogería el cerebro y los nervios de insectos y animales del trópico. Comentaba el mismo: “Los trópicos son increíbles. Me abrieron los ojos a la medicina tropical, con el rol de los virus e insectos tropicales”. Pero sobre todas las cosas, lo que privo fue su “... sentido de deuda para con Venezuela”, su “... amor por América latina”. Más allá de hacer una carrera en ciencia, venía con la idea de entrenar a los futuros científicos de la región.

Con su verbo encendido y un poder de persuasión fuera de lo corriente, logro convencer al gobierno del General Marcos Pérez Jiménez de crear una infraestructura de científicos profesionales de renombre internacional. El costo estimado del proyecto fue de 30 a 50 millones de dólares. Factor crítico en este proceso de “catequización” del General Pérez Jiménez y su entorno militar, fue el Ministro de Sanidad de la época, el ilustre galeno Pedro Gutiérrez Alfaro.

 El 29 de abril de 1954, el gobierno de Venezuela creo, como Instituto Autónomo adscrito presupuestariamente al Ministerio e Defensa, el Instituto Venezolano de Neurología e Investigaciones Cerebrales (IVNIC) y le dio por asiento Los Altos de Pipe; una montaña situada a 11 kilómetros al sur oeste de Caracas, en la vía de Los Teques capital del Estado Miranda. Ya para 1955 fueron inaugurados el Edificio de la Administración y el de Medicina con un costo de 3 millones de dólares. Dos microscopios electrónicos de la Siemens constituían la dotación inicial de unos laboratorios que trabajaban 24 horas al día, en tres turnos, siete días a la semana.

 Los seminales trabajos de investigación producidos por Fernández-Morán desde los Altos de Pipe y publicados en las mejores revistas científicas de su momento le valieron, internamente, el apodo de El Brujo de Pipe. Más allá de nuestras fronteras, le produjeron una fama impresionante; cualquier biólogo celular (la profesión de moda en 1955) estaba obligado a visitar los laboratorios de Fernández-Morán en Pipe si quería estar al tanto de los últimos adelantos en ultraestructura. Con Fernández-Morán trabajaron en Pipe científicos internacionales de la talla de los Profesores Svaetichian, creador de los micro eléctrodos; Finean en Rayos X, Müller en microscopia de campo y Bergold en virología.

En 1956, Fernández-Morán invitó a visitarlo al Profesor Lorin Mullins, un Biofísico norteamericano pionero en el uso de isótopos radiactivos en el estudio del transporte de iones en celular excitables. De esa visita nacería el interés en muchos venezolanos en la biofísica de células excitables y mi interés en la ciencia. Pero, en lo inmediato, mostró a Fernández-Morán las bondades que se esperaban producirían la Física de partículas, especialmente, las provenientes del uso pacifico de la radioactividad o, las derivadas de los desarrollos de nuevas herramientas instrumentales espectroscópicas —como la cristalografía—. Ello lo llevo a gestionar la construcción de un reactor nuclear en el IVNIC, para lo que logró el apoyo del Programa Atomos para la Paz. De más esta decir, que los militares venezolanos, emulando a sus colegas de Chorrillo, se complacieron de esta orientación, llegando en algún momento a fantasear con la posibilidad de tener un componente nuclear en su arsenal.

Empero, el 23 de enero de 1958, todos los planes de Fernández-Morán se vinieron al suelo con el derrocamiento del dictador Pérez Jiménez. Descabezado el gobierno, tuvo que hacer entrega de lo que de este quedaba a los promotores de la democracia. Sólo su inmenso prestigio y su ingenuidad ante el proceso político, le permitieron permanecer —por unos meses— en el país. Trató de reordenar su vida como científico en sus laboratorios del IVNIC, pero los acontecimientos lo sobrepasaron y no le quedo otro camino que ceder ante la inmensa campaña desatada en su contra. A mediados de 1958, recoge sus bártulos y se marcha voluntariamente del país como exilado político, radicándose, temporalmente, en Boston donde continua sus investigaciones, asociado a todos los grandes centros de ciencia del Cambridge de Massachussets. Cuatro años más tarde, pasaría a la Universidad de Chicago en donde transcurriría la última etapa de su singular carrera de hombre de ciencia.

Desde la caída de Pérez Jiménez, Marcel Roche pasó a ejercer la dirección del IVNIC. En 1959, un Decreto de la Junta de Gobierno de Venezuela, refunda el IVNIC como Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC), adscrito al Ministerio de Sanidad. Renació, así, la institución bandera de nuestra ciencia y tecnología, pilar fundamental del quehacer investigativo y de desarrollo del país. En estos últimos cuarenta años, el IVIC ha sido un autentico semillero, gestor de todos los centros de ciencia con que el país cuenta hoy en día. Visto así, el IVIC no es sino el más importante legado que nos dejó Humberto Fernández-Morán.

EL EXILIO VOLUNTARIO

Desde 1958 hasta su muerte en Estocolmo el 18 de marzo de 1999, Fernández-Morán se radicó en los Estados Unidos en donde dio rienda suelta a su creatividad. En 1962 fue nombrado Profesor Titular de Biofísica en la Universidad de Chicago y en 1967 le confirieron la Silla Profesoral A.N. Pritzker de la División de Ciencias Biológicas de la Escuela de Medicina de ese nombre en la Universidad de Chicago. Desde los célebres sótanos de los Edificios de los Institutos de Investigación de la Calle Ellis, Fernández-Morán, el exiliado, se dedicó a sus proyectos de tecnologías de punta en microscopia electrónica, miniaturización y exploración espacial, produciendo una miríada de grandes desarrollos e inventos que hoy llaman a la revisión de su trayectoria.

 Fernández-Morán nunca se olvidó de su patria. Ya desde 1953, ocupaba el Sillón XXVI de la Academia de Ciencias Físicas, Naturales y Matemáticas. Esta ilustre Corporación, siempre le había brindado el reconocimiento que otros le negaban. En la época del “exilio”, durante sus visitas a Venezuela, aparte de ver a su gente en Maracaibo, trato de convencer, a los gobiernos de turno, la necesidad de que se creara un gran instituto multidisciplinario de investigaciones tecnológicas —tipo MIT— para la región de Guyana. Esta idea, que contaba con alguna simpatía entre los militares locales, nunca llego a cuajar y ello fue motivo de desilusión para él.

Para esos momentos, la ciencia venezolana ya estaba en pleno proceso de “institucionalización” y con la creación del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas (CONICIT) en la década de los setenta, no había mucho espacio en la comunidad para iniciativas que reposasen en los hombros de un solo hombre, aunque ellos fueran los de Humberto Fernández-Morán. Para ese entonces, la incipiente pero políticamente muy activa comunidad de científicos nacionales, marginó a Fernández-Morán. Él respondió aislándose de aquellos quienes lo adversaban. No fue sino hasta 1980 que volvió a visitar, por unas horas, al IVIC. A éste regresaría en medio de grandes controversias internas un par de veces más. Con el pasar de loa años, lo abandonaría la salud y a partir de la década de los noventa, sus viajes a Maracaibo se harían cada vez más infrecuentes.

SU OBRA CIENTÍFICA Y TÉCNICA: aportes a la microscopía electrónica

Humberto Fernández-Morán contribuyó de manera fundamental al avance y perfeccionamiento de la microscopía electrónica a través de sus aplicaciones en Medicina y Biología. Desarrolló la capacidad de trabajo mecánico, precisión y la confiabilidad de los modernos ultra micrótomos. Para poder observar estructuras sub celulares, tuvo que desarrollar la muy celebre cuchilla de diamante, instrumento que permitió el seccionado ultrafino de materiales biológicos (y hasta metálicos). La patente que protegió a su invento (US No 3.060.781), estuvo por muchos años vigente para el IVIC, vendiendo muchas cuchillas y dándole gran reconocimiento a la institución por la calidad de esos instrumentos, los cuales fueron siempre elaborado de acuerdo a las especificaciones originales de Fernández-Moran y en las mismas maquinas que él había diseñado e instalado. La cuchilla de diamante le valió en 1967 la medalla John Scott de la ciudad de Filadelfia; un honor concedido con anterioridad a Marie Curie, Alexander Flemming y John Salks.
Fernández-Morán introdujo, por primera vez, el concepto de crioultramicrotomía en 1953 para materializarla en la técnica de crio-fijación ultrarrápida con helio liquido en 1960. A través de los años desarrollo el método de la substitución bajo congelamiento para microscopía electrónica lo que lo llevo a inventar el crío-microscopio electrónico. Con este nuevo instrumento mejoró, substancialmente, la resolución espacial al utilizar lentes superconductoras a muy bajas temperaturas, proceso que permitió una estabilidad impresionante a las imágenes producidas, acortando significativamente el tiempo de exposición de las muestras bajo análisis.

Para muchos de nosotros, su logro más importante, recién redescubierto hace apenas un lustro atrás, sin duda, fue combinar esos desarrollos con esos inventos y llevarlos al campo de la experimentación; logro así observar al nivel casi atómico la estructura de complejos sistemas biológicos (o inanimados) en estado hidratado y a muy bajas temperaturas, lo cual hasta ese entonces se consideraba como improbable. Tradicionalmente, al reducirse la temperatura a niveles muy bajos, las muestras en microscopia electrónica pierden su agua, por sublimación, lo cual inevitablemente distorsiona la imagen del objeto. Esta no es sino una indeseable consecuencia del alto vacío necesario para el transito del haz de electrones en busca de la máxima resolución espacial. La suma de estos procesos inventados y desarrollados por Fernández-Morán —conocidos hoy en día como crió-microscopia electrónica— está revolucionando hoy en día,  la Biología Estructural, dándole un nuevo impulso al deseo de conocer, al mayor detalle posible, como somos y como funcionamos.
Las contribuciones de Fernández-Morán en Biología y Medicina son múltiples y variadas. Para quienes estamos interesados en la estructura de células (y organismos) resalta la ultra estructura funcional de las membranas mitocondriales, develada por primera vez en 1964; las imágenes por él obtenidas fueron reproducidas de nuevo como homenaje a su genio, hace apenas un año, en la portada de la revista Molecular Biology of the Cell. En 1964, Fernández-Morán correlacionó hechos bioquímicos con imágenes de microscopía electrónica y definió una partícula submitocondrial, en la superficie de las membranas de las crestas mitocondriales, que estudios posteriores demostraron ser el locus o dominio de un complejo proteico (llamado F0). Este es el responsable del transporte de protones a través del sistema de membranas en esas crestas, comprendiendo su extremidad o “cabeza” la enzima (llamada F1) encargada de sintetizar el ATP, tarea que realizaba a partir de la energía liberada por el pase de los protones, siguiendo su gradiente electroquímico. Las célebres imágenes demostraron la asimetría en la localización de proteínas fundamentales, dando así, inicio, a investigaciones que, eventualmente, condujeron a postular la teoría quimiósmotica de síntesis de ATP y la dilucidación del proceso de metabolismo energético en células.

TIEMPOS DE CAMBIO

En 1997, el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC) en reconocimiento de las contribuciones hechas por Humberto Fernández-Morán a la microscopía electrónica y la medicina, le dio su nombre a su recién creado Departamento de Biología Estructural. Este Departamento del IVIC fue fundado —y es dirigido en la actualidad— por Raúl Padrón, primer científico nacional galardonado como Investigador del Howard Hughes Medical Institute. Este gesto de reconocimiento, así como el implícito en actos como el de esta noche, en donde un muy distinguido grupo de hombres de ciencia, medicina y farmacia son honrados con la recién creada orden Humberto Fernández-Morán, son indicativos que se está empezando a hacer justicia; que las cosas empiezan a caer en su santo lugar a pesar de todas las turbulencias en nuestra sociedad. Estos son gestos que deseamos leer con gran optimismo. Es por ellos que esperamos que en poco tiempo, el país termine por honrar, reconociéndolo en su justa medida, a quien fue uno de sus mejores hijos: ¡Ojalá que le den el nombre de Humberto Fernández-Morán, a su mejor creación, el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas!

Jaime Requena, Sc. D.
(Sillón XXVI de la ACFMN)
jrequena@internet.ve
Caracas, 12 de julio de 2000